Desde estos ojos

Por: Karol Ramírez Betancur

Luces rojas y naranjas pasaban frente a mi ventana. Subí al mueble de la sala para ver mejor el espectáculo, y lo único que se le ocurrió a papá fue agarrarme del pelo y bajarme bruscamente, para luego explicar que esas luces tan bonitas eran balas. Eran las cinco de la tarde. Una señora tocó desesperadamente la puerta buscando refugio. Por el patio entraron a la casa mi abuela y mi tía Gladis con Manuel en brazos. Miré la ventana y debajo de ella estaba un soldado acostado tirando luces, hacia la montaña. En la esquina, en la escuela Boyacá, había otro hombre en las mismas condiciones. Manuel lloraba y debían hacerle un tetero. Mamá, que parecía estar más calmada que mi tía, en realidad no pudo prender la estufa; tuve que hacerlo yo, que de verdad no tenía miedo: a esa edad confiaba en un batallón de ángeles. Cuando pasó el inolvidable ruido, nos sentamos en la sala a esperar, hasta estar seguros que todo terminara. Cerca de las nueve de la noche, la señora que buscó refugio en nuestra casa, preocupada por su hija, decidió ir a buscarla. Mi hermana y yo salimos al frente de la casa, y ahí encontramos los restos de las luces, pero al tomarlas papá alborotado nos regañó; decía que por esas cosas podían matar.

Desde los ojos de un militante, -no pude saber de qué bando- vi en Youtube la misma escena en octubre del año pasado. Pálida retrocedí años atrás y me enteré que yo había estado en ese lugar, el lugar de muchas personas en este país. El lugar desde el que veo ahora, lo había estado borrando y no me daba cuanta que lo llevaba adentro. Odiaba las noticias, el televisor y los relatos de víctimas en la guerra de mi país.

Como terapia, para entender y poder ver diferente, hoy le doy la cara al pasado recordando cómo o dónde estaba mientras las luces pasaban y las alarmas gritaban; preguntándole a mi familia y amigos cómo les tocó a ellos. Desde el día que vi el video no he parado de recordar, poner fechas y preguntar.

Pensilvania, Caldas, es el origen de todas las cosas, de todos los verdes posibles. Es el origen del agua y el amor. Puedo decir que para contar nuestra historia, los pensilvences hablamos de mitos, de fábricas de agua, de montañas y palabras que allí solo tienen sentido; no se suele hablar de la guerra que fue, si acaso se continúa disimulando. Esos días difíciles, presentes desde que nací, los guardamos en silencio; pero todos los vivimos, todos los vimos.

Desde estos ojos:
1. El negro Cucarrón y su mamá llegaron al pueblo cuando yo tenía 5 años. Me encantó cuando lo vi. Recuerdo que en la esquina de mi casa yo vestía el traje largo con el que quedé de virreina en el jardín infantil, y pensé que ese niño reconocería mi condición de realeza. Pero él nunca me dijo nada; yo lo miraba jugar: tan fuerte; tan negrito; tan raro. Con los amigos de su edad jugaban a la guerrilla. Él ponía una condición: sólo niños. Vivía a una cuadra de mi casa por la misma calle, en una casa muy pequeña y su interior era visible desde fuera. Curiosa, no me explicaba cómo cabían allí y siempre pasaba mirando detenidamente más detalles. El negro me gustó hasta que un día se robó a Paquita, la mascota de mis primas. Alirio, el papa de Jimena y Diana, recuperó su animal después de tres días de búsqueda, con un poco de miedo, porque Cucarrón y su mamá eran como raros.

Algún diciembre después, estábamos en la finca de la tía Gloria cuando llegó la noticia de que habían matado a balazos al negro Cucarrón y a su mamá crespita, frente a todos, en la calle principal. Recordé el gusto que le tuve a ese niño y sentí un leve despecho en ese momento.

-Los mataron porque eran guerrilleros.

Por fin alguien se dignó a decir en voz alta el misterio del negro, misterio que sólo conocí hasta ese día. Esa muerte me dolió; me enojé, sin entender del todo lo que pasaba.

2. Recuerdo las navidades en casa de mis abuelos, en una casa gigante llena de primos y amigos con quien jugar. La mesa de la sala solía estar llena de licores y mucha comida. Mi abuela Berta en la cocina muerta de la risa y mi abuelo Horacio cantando canciones de nuestros ídolos Alci Acosta y el Caballero Gaucho. Estas épocas cambiaron, no me había preguntado por qué. Ya no viajaba con mis abuelos a Bogotá en vacaciones, las navidades se tornaron tristes y descubrí que el niño dios son los papás.

Salir de Pensilvania se complicó. Era común oír hablar de “los retenes guerrilleros”, “hay paro”, “si salen se los llevan” o “le queman el carro”. La sirena del pueblo gritaba con frecuencia y los heridos en combate entraban en cualquier vehículo. Los niños como yo, silenciábamos el juego tratando de escuchar las cosas que hablaban los adultos. Tengo presente el morbo que le dábamos a las noticias calientes, en un pueblo donde todos sabemos algo de todos. El dolor del otro es un dolorcito para todos.

3. Don Gilberto, el abuelo de mis primas Jimena y Diana, era tan grande que es imposible evitar el Don con mayúscula cuando se habla de él. Vivía en Pensilvania con su esposa Yolanda y tenía una finca en la vereda la Estrella, donde levantó a todos sus hijos varones. Saliendo de allí lo secuestraron junto a un ingeniero de carretera. Amigos y familia nos reunimos esa noche en la casa de Don Gilberto. Esta vez recité el rosario sin distracciones, uno tras otro. La luz era débil, las ropas oscuras y los rostros amarillos. Caía una tempestad de malas noticias; se anunciaba la importación del café a nuestro país. A todos les angustiaba la salud de Don Gilberto en la montaña con esos extraños y el diluvio. Él tenía setenta y seis años y sufría las consecuencias de la edad, no podía caminar, ni estar parado mucho tiempo: decidió no ceder ante la presión y tuvieron que arrastrarlo montaña arriba, hasta que secuestraron una mula para llevar a Don Señor. En una escuela abandonada, una mujer guerrillera los vigilaba. Para ese momento sus hijos discutían un posible rescate y las consecuencias. Alirio, quien había dejado el cigarrillo, desde entonces no dejó de fumar. En la mañana siguiente, Jimena me contó que al viejo una bala le alcanzó a rozar la cabeza durante el rescate, pero se salvó. A su compañero de cautiverio lo mató la mujer que los vigilaba. Un escuadrón del ejército rescató a Don Gilberto y de inmediato lo llevaron a recuperarse a Bogotá.

4. Asombrada por la hazaña, pero sin miedo, esperé a papá. Él y sus compañeros de trabajo habían programado una cita con el frente 47 de las Farc, que días antes había robado dos volquetas que transportaban madera a la ciudad. Se reunieron en Pueblo Nuevo, corregimiento de Pensilvania. Fueron dispuestos a rogarles, y hacerles entender que de esa actividad viven muchas familias. Mi héroe llego desilusionado. En sus palabras: ese man no me tramó.

Sintió un tono de burla por parte del comandante, quien a todas sus preguntas respondía “sí” con ironía. Quince días después de la entrevista, se sintieron explosiones a las dos de la mañana. Por el patio entraron mi abuela y mi tía Gladis con Manuel en brazos -porque la habitación de mis papás parecía una cueva segura, un búnker-. Nos sentamos en el piso, alterados, sin saber hacia dónde apuntaban esta vez. Jimena siempre ha sido nerviosa, y mucho más después del secuestro de su abuelito. Esa noche, recuerdo a mi prima morada, fría del pavor con la mirada perdida, temblando del pánico. Mi tía la abrazaba para calentarla mientras se tambaleaba de atrás hacia adelante sin parar. Ella sufría un ataque de nervios y yo un ataque de risa nerviosa que no podía contener. Alguien llamó para contarnos que los guerrilleros quemaron el aserrío donde trabajaba papá.

5. El cementerio de Pensil tiene forma de ataúd si se ve desde una de las montañas altas que lo rodean. En su parte más angosta hay un camino escoltado por pinos que conduce a un kiosko de techo rojo, sellado en bloque. Este solo tiene una pequeña ventana cubierta por un vidrio grueso, pero se puede ver hacia adentro. Mis amigos me levantaron para poder ver el montón de bolsas negras. Me contaron, como si develaran un secreto, que “allí tiraban a las personas muertas que no reclamaba nadie, que la guerrillera que habían traído muerta la otra vez, la tuvieron que poner ahí, como N.N.”. Ese día me enteré que ese es el nombre de los sin nombre. Pensé en esa mujer y miré entre todas las bolsas para ver cuál se veía más nueva; cuál podría ser ella. La imaginé alta, de pelo largo alborotado por la montaña. En ese tiempo pensaba que hasta “Karina” -que supuestamente jugaba fútbol con las cabezas de sus víctimas-, debía tener un amor, una mamá o un hijo. Le dediqué una oración al alma de esa mujer. A esa parte del ser no se le llama N.N.

Se dice que Pensilvania era un territorio estratégico para la guerrilla. Sólo estaban asentados en corregimientos, veredas, montañas y deseaban poseer la zona urbana. También se dice que gracias las bendiciones del padre Daniel María López, la zona urbana les quedó grande. No pasó lo mismo con Arboleda, que fue destruido por la guerrilla en la toma del año 2000. Entraron quinientos guerrilleros a acabar con todo. Allá estuvo Karina dando luces de muerte. A ella no le perdonan haber arrasado con un pueblo indefenso, con solo veintisiete policías. Murieron trece de ellos y tres habitantes del caserío que no alcanzaron a ocultarse. El Estado, como pasa en estos casos, envió ayuda cuando ya no había nada que hacer.

Hoy, leyendo las entrevistas a Karina, la leyenda, me doy cuenta que sí. Ella tiene mamá, tiene un amor, y tiene una hija.

6. Odié todos los uniformes: policías, paras, guerrilla. Soldados: los que abusaban y molestaban las niñas con piropos horrendos. Todos parados en las calles sacando pecho como si fueran los dueños de cualquier cosa. Uno me persiguió toda una tarde. Cuando llegué a mi casa, al abrir la puerta, el uniformado me acorraló en el mueble más cercano. Tocó mis senos y vagina, y salió corriendo mientras yo le gritaba un rosario de groserías. Se perdió en la otra cuadra. No le conté a papá por temor.

7. Para esa época Pensilvania era más fría y se hablaba de demonios. Se vivía un miedo extraño porque en realidad estaban pasando cosas terribles e inexplicables. Una bestia amenazaba la existencia de los niños. Locos, marihuaneros, ladrones, homosexuales y todas aquellas personas que para algunos eran diferentes salían despavoridos del pueblo o las encontraban sin vida o no las encontraban. Mi hermana y yo teníamos prohibido salir a pedir dulces en Halloween; no podíamos estar más allá de las ocho de la noche en la calle, y en diciembre no rezábamos las novenas en las casas de los amiguitos como algunos niños. La muerte salió del monte. Vino sin pena de los hijos; atacaba al frente del banco; en la plaza, o en cualquier calle, y como magia desaparecía la gente. Como la hermana de Manuel. El año pasado en el periódico del departamento salió la foto de mí amigo recibiendo los restos de su hermana en Pereira, ocho años después de su desaparición.

8. Pueblo Nuevo es un corregimiento de Pensilvania, a cuatro horas de la zona urbana. La temperatura allí es cálida, el río crespo y bravo, la vegetación verde alegre. Llegar allí desde Pensilvania es considerado un deporte extremo. Se viaja en escalera -Chiva- y en ocasiones la distancia entre la llanta y la orilla del camino solo la sabe el conductor. Se siente vértigo sentir que viajamos en el aire guiados a una montaña gigante, mirando al abismo sin fin. Pueblo Nuevo fue una de las zonas del municipio más golpeadas por la guerra. La mayoría de las casas estaban abandonadas. Quedaba poca gente; muy buena gente. Una piscina sin agua, una estación de radio sin voz, mucha calma, mucho silencio, solo el alboroto de nuestra visita.

Recordé, con Yaneth, la muerte de su hermano. Él trabajaba en Pueblo Nuevo como policía. En un enfrentamiento con la guerrilla, lo alcanzó la explosión de una granada. A ella le dolía esa muerte como ninguna. Su hermano mayor había sido su padre y consejero; su héroe. Ella dice que la vida sabe cómo lleva las cosas y explica que si este hombre no hubiera muerto, su familia no habría heredado la pensión y otra sería la historia de los once hermanos con su madre.

Una noche con Manuel y Juan Guillermo en Pensilvania, recordábamos esos años, por los que ahora mis amigos reciben el plan de reparación de víctimas que brinda el Estado. Manuel hablaba indignado de la muerte de su hermana y yo les conté algunas cosas que recordaba. A todo esto Juan me respondió: -Karitol, a usted no le tocó nada. Yo me vi muerto.

Si, en verdad no viví nada de esta guerra porque como diría Julio Daniel Chaparro: “miraba esta película pasar desde mi ventana”, la misma que han visto mis padres, y los padres de mis padres.

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Un pensamiento en “Desde estos ojos”

  1. He leído atentamente su texto y me gusta mucho. Los que vivimos algunos episodios de ese tiempo en Pensilvania, revivimos esos momentos duros y dolorosos leyendo sus palabras. Es el recuerdo de una película vista por una ventana, como lo expresa.

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